Al Dragón le sobran salud, fuerza vital y energía. Abierto y puro como el oro, es sencillamente incapaz de mezquindad, hipocresía o maledicencia: hasta la diplomacia más elemental se le escapa. No es tan ingenuo como el bondadoso Cerdo, pero es confiado, y siempre se le puede engañar. El Dragón es sensible. A menudo se inquieta por motivos que no existen. Su afán de perfección lo vuelve exigente tanto consigo mismo como con los demás. Es escrupuloso: pide mucho, pero devuelve mucho más. Es irritable. El Dragón no tiene pelos en la lengua, y sus palabras suelen adelantarse a sus pensamientos. Aun así, conviene tener en cuenta su opinión, bien o mal expresada, porque sus consejos son buenos.